Blogia

carlosbravosuarez

SENDER, EL SUEÑO LIBERTARIO Y LOS PRESAGIOS DE LA GUERRA CIVIL

           Los años 30 fueron convulsos en España y en Europa. El auge de las ideologías extremistas y de las tensiones políticas y sociales llevaron primero al desastre a nuestro país y a todo el continente europeo inmediatamente después. Las posiciones de mayor moderación fueron pronto desbordadas por los extremismos de derecha y de izquierda. En España, la II República, recibida en un principio con entusiasmo por buena parte de la población, se vio muy pronto incapaz de resistir los embates que desde ambos lados se lanzaban contra ella. En la derecha, los partidarios de recurrir a la solución militar y los grupos inspirados en los modelos fascistas europeos, hasta entonces muy minoritarios, fueron ganando adeptos con rapidez. Por la izquierda, los anarquistas, con la CNT como gran sindicato de masas, y los comunistas, pocos pero bien organizados y apoyados por la URSS, consideraban al partido socialista como un defensor del orden burgués que ellos pretendían derribar mediante la revolución. Los socialistas se debatían entre un ala moderada y otra que fue escorándose a la izquierda a medida que la situación general se radicalizó. En este panorama, uno de los hechos diferenciales más relevantes de la política española fue el gran protagonismo y la importante presencia que en nuestro país tuvo el movimiento anarquista y libertario.         En este contexto, forzosamente esquematizado en las líneas anteriores, hay que situar la aparición en los primeros años 30 de "Siete domingos rojos" y "Casas Viejas", dos libros de fuerte contenido político y social del escritor altoaragonés Ramón J. Sender que acaban de ser reeditados. Ambos - junto al posterior "Los cinco libros de Ariadna" - han aparecido recientemente en la colección Larumbe de clásicos aragoneses, en magníficas ediciones críticas con espléndidos estudios preliminares, profusa anotación y gran aparato crítico (1). La edición de "Siete domingos rojos" reproduce el texto de su versión original de 1932 en la colección Balagué de Barcelona. Sender sometió el libro a notables modificaciones en una segunda edición argentina de 1970, y lo reelaboró hasta convertirlo en otra novela, "Las Tres Sorores", que publicó en España la editorial Destino en 1974. La edición de "Casas Viejas" de Larumbe toma el texto del libro de ese título que vio la luz en febrero de 1933 y que recogía los reportajes escritos un mes antes por Sender para el periódico "La libertad". Al año siguiente, con el renovado y explícito título de "Viaje a la aldea del crimen", se publicó de nuevo el libro con algunos añadidos y modificaciones que la actual edición incorpora en apéndices.         Las dos obras tratan sobre episodios protagonizados por anarquistas. En "Siete domingos rojos", la muerte de tres militantes libertarios por disparos de la policía tras una manifestación desemboca en una huelga general que acaba en estrepitoso fracaso. En "Casas Viejas", la proclamación del comunismo libertario en una remota aldea andaluza se salda con la brutal matanza de una veintena de campesinos por las fuerzas del orden. La primera es una novela con evidentes elementos biográficos de su autor, de quien el protagonista Lucas Samar parece un claro trasunto, y muestra un conocimiento de primera mano de los métodos de acción directa empleados por los anarquistas. La segunda es, sobre todo, un reportaje documental que Sender escribió como periodista tras visitar el lugar donde unos días antes habían ocurrido los trágicos sucesos (2). Se presentan así los dos frentes de la lucha libertaria: la ciudad y el campo, la lucha obrera y la campesina. Representados en este caso por Madrid - aunque el paradigma anarquista urbano fue Barcelona - y Andalucía.          Es sabido que Sender se hallaba en esos años muy cercano al pensamiento libertario (3). Fue corresponsal en Madrid de "Solidaridad Obrera",  periódico anarcosindicalista y órgano de la CNT, y formó parte del grupo denominado "Espartaco". Pero no es menos cierto que el escritor se mostró muy pronto crítico con la estrategia anarquista, que juzgaba estéril y poco eficaz, y se fue aproximando a las posiciones, más pragmáticas y organizadas, de los comunistas, de los que más tarde también se alejaría de manera virulenta. Como alguien ha escrito, en los años de publicación de los dos libros Sender estaba diciendo adiós al anarquismo y, en cierto modo, saludando a sus nuevos compañeros comunistas.         Aunque muchos han considerado ambos libros como obras anarquistas, hay en ellos una crítica, solapada o evidente,  a algunos de los métodos utilizados por los libertarios. En ninguno de los dos hechos  narrados consiguen los anarquistas los objetivos pretendidos, y ambas intentonas revolucionarias acaban en fracaso y represión. De manera más clara se observa esa crítica en "Siete domingos rojos", donde sus propios compañeros consideran a Samar algo marxista y en cuyo relato se muestran evidentes contradicciones en la manera de actuar de algunos personajes. Sobre todo, en el llamado Villacampa, que, además de su absoluto culto a la violencia, tiene obsesión por trepar en el esquema organizativo del sindicato al que pertenece. Así, llega a despreciar a Estrella cuando, al inicio del libro, dice de su compañera: "Es demasiado ignorante para ser mi novia. Yo he estado a punto de que me nombrasen delegado de mi Sindicato para la Federación Local y, aunque con otro cargo inferior, soy del comité". De hecho, aunque los objetivos revolucionarios fracasan y muchos compañeros han muerto en el intento, Villacampa y su novia se muestran satisfechos por haber ascendido en su sección sindical. Samar, por el contrario, ha sacrificado su amor por Amparo y se inmola al escapar de la cárcel al significativo grito de "¡Por la libertad, a la muerte!" También queda en evidencia en la novela la figura del viejo anarquista de la melena blanca que, desde una supuesta pureza inoperante, pone continuas trabas a los planes de Samar, que llega a recriminarle que se exprese como un cura.         En ambos libros, se pone de manifiesto un cierto mesianismo visionario de algunos sectores anarquistas. Algo de eso tiene la precipitada proclamación del comunismo libertario en Casa Viejas. Algunos autores han querido ver en el éxito del anarquismo español algún sustrato religioso: la permuta de una religión que promete el cielo en la otra vida por otra que lo promete en ésta. Las metáforas y comparaciones de los anarquistas con los cristianos son frecuentes en "Siete domingos rojos". En el capítulo VIII, Samar responde a un compañero que lo acusa de no ser anarquista: "El anarquismo como negación del Estado está bien. El anarquismo integral es una religión que no me interesa porque como todas las religiones se basa en la superstición y toca, por arriba, en la utopía."  Las actitudes religiosas alcanzan su paroxismo en el capítulo XV ("La Virgen de la Ira Propicia. Frente único en la oración. Antifonario"), cuando los sindicalistas se postran reverentes ante la Virgen Joquis, marca de una nueva  ametralladora que acaban de adquirir. Incluso al proclamar uno de ellos que "existe otra arma de índole moral más eficaz: la cultura", todos ríen y desean que la nueva máquina destructora les ayude a hundir "el engaño burgués" de la cultura (4).           Hay un concepto omnipresente en estos libros que alcanza su máxima expresión beligerante en los años 30 en que se sitúan los hechos: la lucha de clases. Sender presenta ambos episodios dentro de una guerra que lleva a odiar en grado máximo al enemigo de clase, al que se puede e incluso se debe eliminar (5). De ahí la enorme violencia que estalla ambos sucesos: en las fuerzas del orden - paradójicamente guardias de asalto republicanos - que abrasan vivos a "Seisdedos" y a su familia y aniquilan a otros campesinos del misérrimo poblado andaluz, y en los anarquistas que, pistola en mano, disparan sobre policías y "burgueses" sin sentir remordimiento ni compasión algunos por el dolor que causan. Vemos en Casas Viejas a dos bandos irreconciliables en el odio mutuo: unos pocos y ricos propietarios apoyados por la guardia civil y una mayoría de hambrientos campesinos que habitan inmundas chozas infrahumanas. Uno de los momentos que mejor ilustran la verdadera situación es cuando el alcalde, único republicano y partidario de la legalidad del lugar, dice a los guardias que "los campesinos deben ser tratados humanitariamente" y "el sargento le acompaña a la puerta, le da un pitillo" y le responde: "Si pasa algo, venga usted aquí". Aparece el mandatario local como un pobre iluso, sin poder alguno sobre los dos bandos que, envenenados por el odio, quieren destruirse el uno al otro. Símbolo claro de una república cada vez más sola y asediada, y presagio evidente del desastre que se avecina.          Ya en el primer capítulo de "Siete domingos rojos", el anarquista Villacampa, que "al venir la república ya sabía que todo seguiría igual", siente la curiosidad de visitar el parlamento. Al salir, contesta a un compañero que le pregunta por lo visto: "No creas que está mal. Son gentes finas que hacen gestos como en el teatro". Pero enseguida sentencia: "A pesar de todo, tendremos que pegarle fuego a aquello". Los prejuicios de clase impiden a Samar disfrutar del amor que le profesa Amparo, porque ella es hija de un coronel. Tras hablar con el militar, conspirador contra la República, Samar destaca que sólo hay dos cosas comunes entre ambos: "su odio al régimen actual y el amor a su hija". Los motivos de ese odio son, por supuesto, diferentes. Los anarquistas tienen objetivos revolucionarios que pasan por destruir el sistema que ellos llaman reformista. Pero también vemos en estos libros a una República que defraudó pronto algunas de las esperanzas que obreros y campesinos habían depositado en ella. Que no pudo aplicar una reforma agraria que sacara al campo español de una pobreza endémica, y que siguió aplicando con frecuencia una salvaje represión como la de Casas Viejas o como la ley de fugas que se relata en uno de los capítulos de "Siete domingos rojos".         La muy recomendable lectura actual de estos dos libros permite entender mejor la génesis de una guerra civil que en ellos se presagia y que ensangrentaría pocos años después a todo el país en una vorágine de odios largamente fermentados.  NOTAS: (1) "Casas Viejas". Ramón J. Sender.  Estudio preliminar de Ignacio Martínez de Pisón. Edición de  J. Domingo Dueñas y A. Pérez Lasheras. Notas de Julita Cifuentes. Larumbe. Clásicos Aragoneses. 2005."Siete domingos rojos". Ramón J. Sender Edición de J. M. Oltra Tomás. Introducción de Francis Lough. Larumbe, 2005.(2) Los sucesos de Casas Viejas contribuyeron a precipitar la caída del gobierno de Azaña que recibió fuertes críticas no sólo desde la izquierda sino también de una derecha que, aunque pedía mano dura ante los alborotos, vio la oportunidad de debilitar al gobierno y aprovechar la situación en su beneficio.(3) Sobre el tema, ver "El anarquismo en las obras de R. J. Sender", Michiko Nonoyama, Playor, Madrid, 1979. También  "La revolución imposible. Política y filosofía en las primeras novelas de R. J. Sender (1930-1936)", F. Lough , I.E.A., Huesca, 2001. Y los libros de J. Vived Mairal y de J. D. Dueñas Lorente.(4) La presencia recurrente del término "burgués" (se registra más de cien veces) en la primera edición de la novela obligó a Sender a eliminar bastantes de sus apariciones en la segunda edición de los años 70.(5) La primera edición de "Casas Viejas" de 1933 aparece dentro de la colección "episodios de la lucha de clases" de la editorial Cenit. Sobre este concepto es muy ilustrativo el cambio de ideas de Sender unos años después, en 1957, en el prólogo de "Los cinco libros de Ariadna", donde escribe: "Lo que hay que hacer es no actuar como hombres de una clase social sino como un ser humano elemental y genérico" y "Por encima de los intereses de clase están los de la especie". Justo al revés que  Samar y sus compañeros.                                                                   Carlos Bravo Suárez

Una ruta circular por el valle del Sarrón

                               

          El río o barranco Sarrón es un pequeño afluente del Ésera por su margen  izquierda. Nace en las proximidades de Benabarre y vierte sus aguas al embalse Joaquín Costa, conocido popularmente como pantano de Barasona. Forma, en su corto recorrido, un pequeño y agradable valle cuyos límites montañosos son la sierra de Laguarres por el norte y la de la Carrodilla por el sur. No hace mucho, realicé con el Centro Excursionista de La Ribagorza una bonita excursión circular por algunos senderos de este tranquilo valle ribagorzano. Nuestro punto de partida y de llegada fue Torres del Obispo, localidad situada prácticamente en el centro geográfico del valle. Sobre Torres del Obispo he escrito en otras ocasiones en este diario. El elemento más llamativo de la población es el campanario, o “campanal”, construido en singular forma semicilíndrica sobre el ábside de la antigua iglesia románica, base de la actual parroquial de la Asunción, o de Santa María la Mayor, del siglo XVI. El templo alberga unas yeserías mudéjares barrocas del siglo XVII. Este estilo decorativo es característico de varias poblaciones del valle del Sarrón y parece obra, en todos los casos, de un mismo taller dirigido por el artista Juan de Marca. Lo encontramos en las iglesias de Torres, Aguinalíu, Aler y Juseu, y en la población literana próxima de Peralta de la Sal. Las yeserías de la iglesia de San Julián de Juseu, consideradas Patrimonio Mundial, son las más importantes de la comarca. Torres del Obispo tiene tres plazas. La primera se encuentra nada más entrar en el pueblo por un bonito paseo arbolado. Es conocida como el Trinquete y sirve de frontón para el juego de pelota, que tuvo en el pueblo gran tradición hasta no hace muchos años. La recoleta plaza Mayor, o de la Iglesia, era el centro del antiguo núcleo medieval. En la parte baja del pueblo se halla la plaza de la Font o de los Porches. El primer objetivo de nuestra excursión es la ermita de la Virgen de las Ventosas, a poco más de una hora de camino desde Torres del Obispo. Salimos del pueblo por la pista de tierra que lleva a Castarlenas, lugar despoblado y en ruinas en el que sólo la iglesia se mantiene a duras penas en pie.  Tras pasar el cementerio de Torres, tomamos un camino a la derecha que lleva a una gran explotación ganadera. A partir de aquí, el camino deja de ser tan transitado y por un momento parece borrarse. Enseguida llegamos al pequeño barranco de las Ixaringas, después del cual el sendero asciende progresivamente hasta desembocar en una ancha pista de tierra. Un poco antes de llegar a ella,  atravesamos la llamada pllaceta dels Llops  (placeta de los Lobos), un pequeño claro de bosque en el que, según la tradición, los romeros que van a la ermita deben arrojar una piedra en alguno de los montones que se reparten junto al camino. Tras un corto tramo de pista, llegamos a nuestro primer destino.La Virgen de las Ventosas es una pequeña ermita rupestre que se ubica en un bello paraje rocoso y cortado. La edificación, sencilla y restaurada recientemente, se acurruca junto a las altas rocas que la protegen. Sobre el tejado se eleva una pequeña espadaña con campana. Todo el lugar es pintoresco y agradable. Y suele estar siempre limpio y cuidado. De ello se encarga la familia que vive en Puibert  (o Puivert, como aparece escrito a veces), un bonito mas situado entre la ermita y Aler. Mas - forma acortada de masía - es la denominación que en esta zona reciben las casas de campo que proliferan por la comarca. En el Mas de Puibert  - por el que no pasamos en nuestra excursión pero que merece sin duda una visita  -, se encuentra la ermita románica de San Cayetano y un modesto, pero atractivo, museo etnológico que nos ayuda a entender cómo fue durante siglos la vida en estas antiguas masías. A la ermita de las Ventosas se va en romería el día ocho de septiembre, aunque en los últimos tiempos la celebración se traslade al fin de semana más próximo a esa fecha. Allí acude gente de Aler, Benabarre y Torres del Obispo, y antes de que el pueblo quedara vacío, también de Castarlenas. En vehículo rodado se puede llegar a la ermita por la pista de tierra que nosotros hemos andado en su último tramo y que procede, por dos ramales distintos, de Puibert y de la aldea de La Tosquilla, lugar de dos casas – una de ellas con oratorio propio – muy cercano a Torres del Obispo. Podría decirse que la romería a las Ventosas fue durante siglos un día de fiesta para el valle del Sarrón. De la misma ermita arranca un sendero señalizado (PR-HU 130) que llega hasta Benabarre. El primer tramo discurre por un bosque de carrascas y cajigos hasta descender a un barranco. Se llega entonces a una pista que procedente de Benabarre lleva a la font de Faro, cuyas aguas tienen fama en la comarca. Nosotros, sin embargo, seguimos la pista hacia la derecha, siempre en dirección al este. En poco tiempo, llegamos al Mas de Figuera, hoy deshabitado. Poco después, dejamos a nuestra derecha el también despoblado Mas del Aspra. Nuestro ancho camino de tierra desemboca casi a la entrada de Benabarre, lugar que merece, si se dispone de tiempo, una visita detenida. Benabarre fue durante siglos la capital del Condado de Ribagorza y es hoy la capital cultural de la comarca. Su elemento arquitectónico más destacado es el antiguo castillo, cuya presencia en lo alto de la población proporciona a la villa una característica silueta reconocible en la distancia. Es agradable pasear por sus calles y rincones más típicos, bucear por su  rica historia y degustar sus productos más típicos. A poca distancia del pueblo se halla la ermita de San Medardo, con un agradable parque-merendero. Muy cerca de allí quedan los escasos restos del antaño importante convento de Linares. Nosotros debemos continuar nuestro camino y recorrer ahora la margen izquierda del valle del Sarrón, hasta volver a Torres del Obispo y cerrar así el círculo de nuestra ruta. Para ello, salimos de Benabarre, cruzamos la carretera y tomamos el sendero señalizado que lleva a San Salvador y Aler. Desechamos otro camino balizado (GR-18) que dejamos a nuestra izquierda y que nos llevaría a Juseu, pasando por un enorme cajigo (caixigo) que ha sido bautizado como “el roble del valle”.  La primera parte de nuestro recorrido transcurre por una pista agrícola entre explotaciones ganaderas. Pronto  acaba la pista y comienza un estrecho sendero que, serpenteando entre el bosque, asciende a una suave colina. El sendero está bien señalizado y se ilustra con paneles sobre la fauna y la flora de la zona. En una bifurcación, dejamos momentáneamente el camino de la izquierda que conduce a Aler para, en pocos minutos, alcanzar la cima del montículo en que se halla la ermita de San Salvador. Más que de una ermita se trata de un gran y sorprendente edificio en ruinas que, al parecer, fue tiempo atrás un lazareto u hospital religioso para albergar leprosos. La vista desde el lugar es extraordinaria y se divisan en el horizonte numerosas cumbres pirenaicas. Sería muy largo enumerar aquí los pueblos que se contemplan desde esta privilegiada atalaya. A modo de postal, nos quedamos con la silueta de Benabarre coronado por los restos de su castillo y, algo más lejana, la torre medieval de Viacamp. Junto a la ermita se han habilitado varias mesas de maderas y un panel explicativo. San Salvador es un lugar que sorprende al caminante y un magnífico mirador desde el que recrear la vista hacia los cuatro puntos cardinales.Desandamos el corto camino hasta la ermita y retornamos al sendero que conduce a Aler. Divisamos a la izquierda extensos campos pertenecientes a los mases de Serveto y de Abad. Hacia este último nos dirigimos con la intención de ver los dos dólmenes de sus proximidades. Ambos están señalizados y se pueden encontrar saliendo unos pocos metros del camino principal. El primero es una oquedad con ocho lajas verticales que aguantaban una losa superior que no ha llegado hasta nuestros días. Al segundo dolmen se llega tras cruzar la pista que conduce al Mas de Abad. Es un dolmen pequeño, con su losa superior apoyada sobre las piedras verticales que la sostienen. Este tipo de monumentos funerarios prehistóricos son frecuentes en la zona. Se han localizado otros dos en las proximidades del vecino Mas de Balón, visible desde buena parte de nuestro camino. Volvemos al sendero principal que nos llevará hasta Aler. Perteneciente al municipio de Benabarre, Aler ha sobrevivido a la emigración e incluso recibe últimamente nuevos habitantes. Las casas están arregladas y el pueblo resulta acogedor. Destaca su iglesia de Santa María, situada en lo más alto, donde antiguamente hubo un castillo. La iglesia fue románica en su origen - al parecer consagrada por San Ramón en 1105 - , aunque su ábside semicircular fue sustituido por otro poligonal sobre el que se levanta la actual torre. El interior del templo, restaurado en 1997 por mosen  José María Lemiñana y su ayudante Delfín, se muestra hoy atractivo y coqueto. Aler, situado sobre un montículo rocoso, conserva su aspecto de fortaleza y su diseño medieval de estrechas calles empinadas. En sus proximidades se encuentran las ermitas de San Gregorio y San Pedro, tal vez románicas en su origen y de gran sencillez y rusticidad.Salimos de Aler descendiendo por una de sus estrechas callejuelas, justo en sentido contrario al de la carretera de acceso al pueblo. Llegamos enseguida a una pista agrícola que seguimos siempre en dirección oeste. El camino se acerca a la carretera N-123, pero nosotros giraremos a la izquierda alejándonos de ella y asciendo por los lindes de unos campos de labor. Tras pasar un pequeño bosque, la pista empieza su descenso hacia Torres del Obispo por la partida conocida como Mogorons. A la izquierda de nuestro itinerario, vigilante en lo alto de un roquedo, vemos siempre el pequeño pueblo de Juseu; Chuseu en el habla ribagorzana, que se mantiene viva en esta comarca y que en los pueblos de este pequeño valle muestra su enorme variedad y su rápida transición al catalán. A medida que nos acercamos al pueblo, Torres del Obispo va apareciendo ante nuestros ojos ofreciéndonos una de sus mejores perspectivas. Nuestro camino de tierra desemboca en la estrecha carretera que lleva a Juseu, en un pequeño puente sobre el barranco Sarrón, en el punto de encuentro entre la carretera que viene de Graus y la N-123 que lo hace desde Barbastro. Desde aquí subimos a Torres pasando por la font del Molino y la Fontviella, esta última junto a un llamativo sauce llorón. Enseguida llegamos a las primeras casas del pueblo y a la plaza de Abajo, también llamada de los Porches o de la Font, por encontrarse en ella la fuente pública del lugar, tercera consecutiva en  nuestro último tramo de camino. En Torres del Obispo, de donde habíamos salido casi siete horas antes, termina nuestro largo recorrido circular por las agradables tierras del valle del Sarrón.                                                               Carlos Bravo Suárez

Bienvenido

Ya tienes weblog.

Para empezar a publicar artículos y administrar tu nueva bitácora:

  1. busca el enlace Administrar en esta misma página.
  2. Deberás introducir tu clave para poder acceder.


Una vez dentro podrás:

  • editar los artículos y comentarios (menú Artículos);
  • publicar un nuevo texto (Escribir nuevo);
  • modificar la apariencia y configurar tu bitácora (Opciones);
  • volver a esta página y ver el blog tal y como lo verían tus visitantes (Salir al blog).


Puedes eliminar este artículo (en Artículos > eliminar). ¡Que lo disfrutes!